MEDITANDO EN LA SINAGOGA
MUNDO DE INCREDULOS Y SOBERBIOS
(CUANDO EL INTELECTO Y LA INCREDULIDAD SE ENVANECEN)

M.T.rabino Manuel Hernáz G.


“Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tientas como sin ojos; tropezamos a mediodía como si fuera de noche; estamos en lugares oscuros como muertos… esperamos justicia, y no la hay; salvación y se alejó de nosotros. Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros”, señala el profeta Isaías (59:10-12).

Advertencia que se hace presente en el caminar milenario de judíos y cristianos, caminar que incluye a la humanidad entera, que describe sociedades dominadas por las tinieblas espirituales y el engreimiento intelectual, aunque la generación posmodernista ha llegado demasiado lejos. No contentos con negar la existencia de D-os han hecho del hombre mismo un dios, entregándose sin reservas a sus pasiones y hedonismo, ausentes de los valores y principios eternos (sin dejar de reconocer que siempre hay un remante fiel al Señor).

      Cegados por la soberbia aseguran estar bien, de hacer lo correcto, rechazando toda reflexión que incomode su ególatra manera de vida. Aun así, el Señor se encarga de desnudarlos ante su Santo Ser: “Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia” (Prov 30:12).

Entregados a los placeres viven dominados por la materia, ajenos al amor perfecto que viene del Creador y que sólo Él puede conceder, alimentando su espíritu con placebos de buenas intenciones y consejos ofrecidos por filosofías sin sustento, carentes de credibilidad por cuanto sus creadores son hombres también, que aunque famosos o “célebres” sus vidas no inspiran.

¿Podría Nietzche convertirse en ejemplo para persona alguna cuando terminó su vida en el manicomio? ¿El existencialismo ateo de Camus no es acaso el peor camino para enfrentar la vida, el vivir por vivir sin sentido y sin esperanza? ¿Alguien podrá hallar en “La Nausea” de Jean Paul Sartre palabras que orienten a vivir con amor,  alegría y propósito existencial?.

 

Albert Camus

 

        Por muy elaboradas que fueran sus argumentaciones cuando las leemos y confrontamos con la Palabra de D-os pasan a ser meros conceptos sin sostén, mendrugos de pan duro frente al banquete divino (Biblia). El hecho de que una persona culta niegue la existencia de D-os, que vocifere contra la realidad del Creador de todo cuanto existe, aun así D-os no desaparece, son palabras nada más, eructos de un ego inflado. Dice la Escritura acerca de los poderosos que intentan librarse de D-os para siempre: “Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes consultarán unidos, contra Yahwèh y contra el Mesías, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El Señor se reirá de ellos…” (2:2-4)

El problema es que a partir de la segunda mitad del siglo XX en el continente americano (en Europa el daño se remonta probablemente a finales del siglo XIX y si le escarbamos un poco más, a la Revolución Francesa a finales del XVIII): cimientos y muros de la fe judeocristiana fueron atacados desde diversos flancos, incluso desde dentro.

      El desencanto de unos que ingenuamente imaginaban a un dios al estilo del genio de la lámpara de Aladino (que les cumpliera toda especie de gustos y caprichos), o al Dios de la Bibliapero sujeto a la voluntad del hombre (cuando debe ser a la inversa) para su sorpresa se toparon con la primera y segunda guerra mundial. Y como D-os no detuviera las cosas que les incomodaban o rechazaban, le juzgaron como ajeno al sufrimiento generalizado, sin preguntarse siquiera cómo es D-os, cómo se reveló al hombre caído por medio de las Escrituras, cuál es su voluntad, y cómo es el actuar del hombre pecador. Se negaron a aceptar que el responsable de semejantes matanzas y barbarie fue precisamente el hombre pecador, el hombre sin D-os.

Han sido décadas de golpear y derribar los muros de protección divina. Desde fuera se cuestionó la existencia de D-os, la validez de la Biblia, de la fe, de la búsqueda de santidad sin la cual nadie verá al Señor (el concepto que la mayoría tiene acerca de la santidad no tiene nada que ver con el concepto bíblico; las personas confunden al “milagrero” sin considerar en absoluto al hombre que ama a D-os y trata de vivir conforme a su voluntad), de crear disciplinas que contradijeran el criterio divino para dejar al hombre sin frenos, principios, ni valores ¿Ha escuchado usted a profesionales de la conducta que digan a sus pacientes que hagan lo que deseen para que no se “traumen”?.

Así como hay leyes físicas que eternamente nos muestran su validez (nadie se lanzaría de un precipicio argumentando que la ley de gravedad no existe, que es un simple cuento para asustarle y que ninguna norma le va a traumar ¿o sí?). De la misma forma la Ley Divina existe: en primer orden para mostrarnos el amor del Señor (Adonai), para instruirnos en nuestro caminar terrenal de acuerdo a Su voluntad perfecta. Ningún hombre, por muy sabio e instruido que sea, nos va a decir cual es el camino correcto en la vida.

Solo el Mesías (Yeshua) tiene la autoridad para decirnos ―por cuanto en su persona y obra se cumplieron cabalmente las profecías anunciadas por patriarcas y profetas―: «Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, si no por mi» (Yohanán-Juan 14:6).

        A través de los siglos se han levantado falsos mesías: Bar Kojbá, Sabbatai Zevi, David Alroi, por señalar algunos nombres. El mundo secular por su parte ha producido infinidad de celebridades que han pretendido decirnos por donde debemos caminar, desviando en su engreimiento intelectual a millones y confundiendo la mente de otros tantos.

Hay quienes incluso ―y en esta época posmodernista son mayoría― que dan más crédito a la palabra de un escritor, poeta o artista, que a la Palabra inspirada por D-os, acrecentando los activos de la incredulidad y la soberbia.

Sin restar merito literario alguno a los autores de las siguientes frases, desde el campo de la fe su testimonio es nulo, carente de todo valor. Por citar algunos casos. Mario Benedettialentaba falsamente a los jóvenes a la auto redención: “La juventud aguarda un gesto, una rendija de esperanza. Aunque se aturda, aunque recurra a mil variantes de la violencia, la juventud espera ser atendida y ayudada a sobrevivir. Y los prójimos de todas las edades deberían comprender que en la salvación de la juventud reside el secreto de su propia salvación” (Memoria y esperanza. Un mensaje a los jóvenes, Edit. Alfaguara, pág. 89).

Que una persona inteligente y culta diga un disparate no deja de ser un disparate, aunque venga envuelto en florida retórica. Benedetti no conocía a D-os, como también desconocía la ciencia de la teología. Solo D-os puede salvar y justo para eso vino el Mesías. Para reconciliar al hombre caído y pecador con un D-os justo y santo (que no permite la impunidad). Una persona, creyente o no, que desconozca la importantísima doctrina de la caída ¿para qué quiere un Mesías? ¿para qué quiere salvarse, de qué quiere salvarse? Lo cierto es que sin conocer el mensaje de la Biblia se carece de las respuestas adecuadas.

       Jean Paul Sartré exhibe en un libro considerado autobiográfico su miseria existencial. Es el ciego guiando a otros ciegos: “Soy libre, no me queda  ninguna razón para vivir, todas las que probé aflojaron y ya no puedo imaginar otras. Todavía soy bastante joven, todavía tengo fuerzas bastantes para volver a empezar. ¿Pero qué es lo que hay que empezar?” (La náusea, Edit. Epoca, México, pág. 189).

 

 

Jean Paul Sartre

 

Es probable que muchos lectores de esta sección desconozcan que ejerzo el periodismo desde hace tres décadas. Hace unos tres lustros en un desayuno con otros colegas entrevistamos a un judío argentino radicado en Israel. El hombre hablaba hasta por los codos ufanándose de su ateísmo y condenando la religión como un lastre, de hecho la acusaba de ser la causa de todos los males en Israel. Por si no le fuera suficiente su impiedad, sonriente dijo ser “el típico judío que va al rabino tres veces en su vida y las tres sin su consentimiento” (para el b’rit milá, elbar mitzvá y el funeral). Su risa y burla dieron testimonio de su miseria interior.

¿Sin su D-os el judío sería alguien?, ¿Sin su religión el judío sería conocido en el planeta?, ¿Sin patriarcas, sin Moisés, profetas, apóstoles y por supuesto, el Mesías Yeshua, el pueblo judío hubiera cobrado la importancia que tiene entre las naciones?.

Eso por un lado. Por el otro, ¿no ha sido precisamente D-os quien formó al pueblo judío a partir de un gentil llamado Abram y por medio de él y su descendencia hacer un pueblo especial en el cual ir depositando en el transcurrir de los siglos su mensaje escrito (Biblia), capaz de revelar al hombre al D-os invisible y expresarle su amor y reconciliación por medio del Mesías? (quien cargó en la cruz las maldades de todos, de judíos y gentiles).

¿A un pueblo de impíos e incrédulos les hubiera sacado D-os de Egipto?, ¿A paganos engreídos les hubiera dado Eretz Israel? Bien dice la Escritura que los incrédulos “Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra” (Tehilim-Salmos 73:9).

       Judío significa «alabanza a D-os». Por tanto, resulta un contrasentido que alguien se ufane de ser judío y de ser incrédulo. O se es una cosa o la otra, pero no las dos. Podrá decir que es un mexicano ateo, argentino, italiano, inglés, ruso o lo que sea, pero no judío. Por muy intelectual que sea la persona o que goce de su celebridad, suena ridículo que se diga judía.

En su novela autobiográfica “Una historia de amor y oscuridad”, el escritor Amos Oz narra una realidad parecida durante la época de los chalutzim, que sin demeritar en lo más mínimo su valor y trabajo para lograr la restauración del moderno Estado de Israel, paradójicamente fueron instrumentos de D-os para cumplir la profecía (Isaías 66:8). Aquí sus palabras: “La mayoría de nuestros vecinos… No eran creyentes, sólo iban a la sinagoga en Yom Kippur y alguna vez en Simjat Torá, pero seguían encendiendo velas en Shabat, para conservar un cierto aroma judío y quizás también por precaución en caso de que ocurriera una desgracia”. Esto último se llama superstición. No es fe.

 

Amos Oz

 

Un “aroma judío” no es judaísmo en absoluto ni tiene nada que ver con el D-os de Moisés y los Profetas. Tal concepción Divina es digna de toda compasión por cuanto refleja un desconocimiento total de D-os (de D-os como se ha revelado en la Biblia). Rab Shaul dice al respecto que “tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia”, aunque en otro texto les reprende a causa de su superficialidad “Si en esta vida solamente esperamos en el Mesías, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (Rom 10:2 y 1ª Cor15:19).

El desarrollo del pensamiento sin D-os conduce al engreimiento, a la soberbia. Y es que por muy inteligente que sea la persona si no conoce a D-os sus opiniones carecen de valor espiritual. Un disparate siempre será un disparate, aunque lo exprese un genio o el ganador de un premio nobel. Judíos y cristianos debemos por tanto sacudirnos de toda influencia con “aroma” de soberbia intelectual que se levante contra el D-os de los judíos y contra su Palabra revelada (Biblia). Solo D-os es veraz y sólo D-os es confiable absolutamente.

Concluyo por tanto con un texto del profeta Yirmeyahu: “Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone al hombre de carne por su brazo, y su corazón se aparta de Yahwéh… más bienaventurado el hombre que confía en Dios, y cuya confianza esta en Yahwéh” (Jeremías 17:5.7). ¡Que el Señor os bendiga mis queridos hermanos y amigos!.

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El rabino Manuel Hernández Gómez, es consejero espiritual de la AJMM. Es Abogado (Universidad de Guadalajara) tiene además Licenciatura y Maestría en Teología por la Universidad FLET de Miami.    

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e-mail: mahergo50@hotmail.com