MEDITANDO EN LA SINAGOGA
La Parábola del hijo pródigo
(UN ESPEJO PARA EL HOMBRE REBELDE Y DESCARRIADO)

M.T. Rabino Manuel Hernández Gómez


      Pocas historias de la Biblia son tan conocidas como ésta. Y aunque se trata en realidad de una parábola, su contenido y enseñanzas dejan al descubierto a un gran sector de la humanidad de todos los tiempos. Un espejo en el que el hombre rebelde contra D-os se puede mirar de cuerpo entero y apreciar sin retoques su desvarío espiritual. Lo cierto sin embargo es que la parábola tiene un final feliz: un mensaje de esperanza y salvación.

       Dejemos, pues, que sea la propia Escritura la que nos recuerde o presente el pasaje:

─”Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.

     No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

     Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!.

     Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo: hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre.

     Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

     Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

     Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano.

     Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

     Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas es necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:11-32).

 

       Como se aprecia la historia es por demás interesante y atrayente. El lenguaje es claro, directo y no permite malinterpretaciones. Ahora bien, para comprenderla en plenitud debemos tener en cuenta dos cosas: La primera, es que de acuerdo a la ciencia teológica la Biblia tiene una sola interpretación (la literal), pero puede tener múltiples aplicaciones para la vida del creyente de todos los tiempos. La segunda, es que la parábola se desarrolla en el ambiente y cultura judía de hace 2000 años.

      Los personajes centrales son tres: un padre bueno y generoso, un hijo obediente y fiel, y un hijo menor con tendencias hedonistas al que el texto califica como “pródigo”.

       Para entender mejor este calificativo, aprovechemos la definición que al respecto hiciera Aristóteles: “Quien es verdaderamente pródigo sólo tiene un vicio absolutamente especial, el de dilapidar su fortuna. El pródigo, tal como lo indica el origen mismo del término en la lengua griega, es el que se arruina por propio gusto. La dilapidación insensata de sus propios bienes es una especie de devastación de sí mismo” (ética, Ediciones Libertador, Argentina 2003, Pág. 93)

       En algún momento podemos considerar que los dos hermanos representan a esos dos grandes sectores de la humanidad que creen y aman a Dios. Uno de ellos se aleja voluntariamente de la casa del padre y se pierde en los vicios y la disipación hasta tocar fondo, despertando de su embriaguez hedonista en una pestilente porqueriza ¿habría algo más denigrante y doloroso para un joven judío de aquella época que cuidar cerdos? La pregunta no requiera de respuesta: es por demás obvia (ayer y hoy).

       El otro sector lo formarían los creyentes (judíos y cristianos) que permanecen fieles al Señor, que le aman, le obedecen y trabajan en los intereses de su reino. Aunque también, y de hecho es lo más común, es que la historia se utilice para que la persona se compare con alguno de los hermanos. Para que analizándose con sinceridad considere con cuál de ellos se mira en el espejo y se identifica.

       En la parábola leemos que el menor tenía un carácter muy distinto a su hermano mayor. En su rebeldía y desvarío solo tenía interés por divertirse, por “gozarla” con el acelerador a fondo. No pensó en absoluto en su vida espiritual, en su futuro, en el dolor que le produciría a su padre (que tanto lo amaba) y en el distanciamiento que le acarrearía su decisión con su hermano. Para él lo único valedero era la fiesta ¿Cuál es la diferencia con cientos de millones de jóvenes que actualmente viven de esta manera? Para el hijo pródigo de la parábola -como para los millones de jóvenes y no tan jóvenes del presente que se vean reflejados en ese espejo- sólo en los vicios y en los placeres había y hay sentido existencial, lo cual nos permite ver que los métodos del enemigo de las almas son viejos y muy conocidos (el problema es que para los que se empeñan en apartarse de D-os siguen siendo efectivos y dañinos como antaño).

       La historia tiene varios actos, y en uno, cuando el hijo rebelde y descarriado cobra conciencia plena de su vida miserable y sin esperanza, se duele de su hambre y condición, por lo que exclama con verdad: «¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!».

      Lo más maravilloso de todo –y aquí el Mesías nos ofrece la medicina para sanar de la incredulidad y la rebelión contra D-os- es que se arrepiente de todo corazón y decide humildemente hacer una Teshuvá, un retorno a la casa paterna. Recobrando su conciencia aquel hombre se dice a sí mismo: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo: hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre».

        Para enderezar el camino y encontrar el sentido de la vida, es necesario arrepentirse de verdad. Es cierto, existe un gran problema en el presente. A causa de fomentarles el egoísmo, muchos individuos en las nuevas generaciones desconocen lo que es el arrepentimiento. Acostumbrados a salirse con la suya no han probado esta saludable experiencia. Aun así, el amor de D-os –como el padre de la parábola- está esperando que el hijo rebelde se arrepienta y retorne a casa para salvación y reconciliación.

       Uno de mis teólogos favoritos durante su juventud vivió en el mundo del descreimiento y la rebelión contra D-os. No requirió siquiera de abandonar el hogar paterno para caer en ese fango con olor a porqueriza que representa la vida puramente mundana. Más de tres décadas después, con una licenciatura en Filosofía y un doctorado en Teología, en uno de sus libros se lamenta de no reconciliarse ni entender la fe de su padre en su lecho de muerte:

 

-“Mi padre me dijo: «Hijo, he peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe». Estaba citando las palabras finales del apóstol Pablo a su amado discípulo Timoteo (2 Tim 4:7). Pero fallé al no reconocer ese hecho. Nunca había leído la Biblia. No tenía fe que guardar, ni carrera que terminar.

     Mi padre estaba hablando desde una posición de victoria. Sabia quien era y a donde iba. Pero lo que yo pude oír en aquellas palabras era que el iba a morir.

     Qué impertinente fui al replicarle: «¡No digas eso!» Censuré a mi padre en el momento más valiente de su vida. Pisoteé su alma con mi propia incredulidad”. (R.C. Sproul: La Dignidad del Hombre, Editorial Unilit, Colombia 1994, Pág. 90).

 

       Jóvenes y viejos tenemos que reconocer nuestros pecados (palabra tan en desuso a causa del entronizamiento del yo) cuando hemos vivido alejados de D-os; arrepentirnos de todo corazón y estar dispuestos a humillarnos en la presencia del Mesías Yeshua; a confesarle nuestras muchas rebeliones para recibir su perdón y permitir que en su gracia nos ponga vestiduras blancas de salvación (para eso vino a morir en la cruz, para salvarnos, para pagar con su sangre inocente todas nuestras maldades). El hijo pródigo es ejemplo y modelo al respecto, ya que además de arrepentirse y retornar a la casa paterna, permitió que su padre le vistiera con nuevos vestidos y le hiciera fiesta.

      Para tener la paz interior que solo D-os puede dar y tener un propósito existencial cierto y eterno no hay atajos ni caminos alternos. Yeshua es el único camino. Con acierto escribe Sproul que “el vacío que sentimos no puede aliviarse con una comida especial más u otra inhalación de cocaína. Tratar de llenar el espacio vacío con un mejor trabajo o una casa más grande es como intentar llevar agua en un colador”.Agustín, obispo de Hipona decía que ese vacío interior solo puede ser llenado por D-os.

       Ikram Antaki, una escritora sirio-mexicana (fallecida en el año 2000), criticaba duramente en uno de sus libros la interpretación errónea que le da el mexicano común al concepto libertad: “Ellos eran libres y aquello era visible evidentemente: ¿acaso no destruían lo construido, negaban lo confirmado y apagaban la luz de las estrellas? Libres de morir, libres de cantar sus desgracias, libres de abandonar a sus familias y su trabajo, libres de violar las reglas de la convivencia, libres de asesinar el tiempo y la obra, libres de no hacer obra, libres de no hacer nada, libres de no tener leyes” (El pueblo que no quería crecer, Editorial Joaquín Mortiz, México 2012, Pág. 74)

     Si tuviera que juntar esta opinión con la parábola, ciertamente, entre los de mejor posición económica muchos tienen rasgos e identidades con el hijo pródigo, aunque otros en realidad son pródigos dentro de su miseria económica y espiritual; derrochadores de lo verdaderamente valioso hasta quedar unos y otros en la porqueriza a causa de su rebelión espiritual. En síntesis: una “libertad” convertida en simple libertinaje.

       Quiera el Señor que la historia analizada en este sencillo artículo sea espejo para algunos y reflexión para que otros no caigan en la trampa en la que cayó aquel joven deseoso de «vivir mundo». El padre de la parábola mantenía su vista en el camino esperando que su hijo arrepentido apareciera de regreso a casa. Igual sucede con D-os. Nuestro Padre celestial mantiene sus brazos cálidos y fuertes para abrazarnos luego de nuestras rebeliones en la vida. En su reino siempre hay fiesta cuando un pecador se arrepiente, pues el amor de D-os para el hombre es de tal magnitud, que fue capaz de enviar a su Hijo el Mesías (Yeshua) para salvarnos, para pagar con su sangre –a manera del cordero de Pesaj- nuestros pecados y rebeliones.

       Esperemos también que cuando los descarriados retornen de su desvarío espiritual, el hermano mayor (sea judío o cristiano) no tenga celos del retorno de su hermano perdido al seno de la casa del Padre ¿No lo crees así?

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El rabino Manuel Hernández Gómez, es consejero espiritual de la AJMM. Es Abogado (Universidad de Guadalajara) tiene además Licenciatura y Maestría en Teología por la Universidad FLET de Miami.     www.mhernandez.com.mx

e-mail: mahergo50@hotmail.com