Testimonio de LEONIE YAEL GABRIEL Una sobreviviente del Holocausto (Parte 2)

Marilu Vinocur


A finales de enero de 1944, vino un grupo de hombres vestidos de civiles con uniforme negro largo para llevarnos. Querían chicas que midieran más de 1:60 m. para trabajar en una fábrica de aviones. Nos apuntamos: cual-quiér fábrica era mejor que quedarnos acá a morir. Viajamos como 10 días, no porque fuera muy lejos sino porque el tren pasaba por caminos de bom-bardeos y paraba por horas enteras y nos dieron solo un pedazo de pan.

Llegamos a esta fábrica de aviones en Ragun. Éramos todas mujeres jóvenes con una comida al día, una sopa al mediodía. Muchas nos enferma-mos de fiebre, se le llamó la fiebre de Ragun. Per-dimos mucho peso; el hambre era terrible. Murie-ron el 90% de las chicas. Aquí no estuvimos mucho tiempo porque entraron los americanos; se empe-zaron a escuchar los bombardeos y se corrió la voz que los americanos habían entrado. Queríamos salvarnos y nos escondimos en un féretro que había en la parte de atrás, donde ponían a las chicas muertas y luego a la fosa común. Otras se metieron en un pozo de agua, pero nos saca-ron a todas. Nos metieron en un tren donde se murieron la mitad y este tren nos llevó a otro campo. En este tren vi morir de hambre y fiebre a una abuela con su hija y su nieta, las tres genera-ciones juntas. Mucha gente enfermó y murió de disentería. Entramos en un estado pésimo, enfer-mamos y casi morimos. La única agua de tomar que teníamos era la que salía del motor de la loco-motora. Al llegar nos mandaron duchar y a revisión. Nos raparon la cabeza una vez más y dieron un camisón, una papa y picadillo. Nos sirvieron en una carretilla. Volvimos a enfermarnos.

  Nos alojaron en un campamento militar en la fron-tera de Alemania con Checoslovaquia. El 9 de ma-yo estaba caminando y había un alambrado. Pasa-ban unos soldados ingleses detrás del alambrado. Me acerqué y pregunté, ¿Qué novedades hay? Me dijeron, “Mañana termina la guerra. Hitler fue capturado hoy, mañana están libres ustedes.” Habíamos escuchado en la radio y no lo podíamos creer, pero en la madrugada no había ningún ale-mán, los portones estaban abiertos, estábamos so-las. Era el 10 de mayo, empezamos a correr y sali-mos del campo así como estábamos vestidas con el camisón, y venían unos camiones con los alema-nes colgando sus piernas, llenos de gente.

   Entramos en el sótano de una casa vacía que habían tomado los alemanes y había un piano. La alegría de vernos libres fue muy emotiva para no-sotras y las que sabíamos nos pusimos a tocar, otras bailaron. Era primavera y salimos a cami-nar y cuando nos dimos cuenta ya habíamos salido del campo. Vimos un río y muchas flores y nos dio mucha alegría. Nos sentíamos en la gloria. De repente vimos dos o tres soldados rusos con un cerdo, sacándole la grasa. Nos acercamos y les pedimos una costilla para comer. Con señas nos dimos a entender que teníamos hambre. Dije-ron que no, que era para el capitán, que si quería-mos nos podíamos llevar lo que sobrara, lo que iban a tirar (hígado, corazón, e intestinos). Decidi-mos llevárnoslos, el hambre era grande. Después regresamos con los rusos a preguntar si íbamos a regresar a nuestras casas, la guerra había termina-do. Nos dijeron, “vuelvan no hay ningún proble-ma, pero tienen que caminar hasta Praga. Les damos un par de botas a cada una para poder volver a Atenas.” Eso era imposible.

    En junio de 1945, llegaron camiones de la Cruz Roja francesa a sacar a las chicas francesas para llevarlas a su país. Ahí les pedimos: “por favor llé-venos a Francia, ahí llamaremos por teléfono a nu-estros parientes, por favor no nos dejen aquí.” Nos dijeron que no tenían orden para eso. Llovía a cán-taros. Al medio día llegaron dos camiones vacíos y nos dicen que nos van a llevar a la zona america-na, que íbamos a estar mucho mejor. Habían llega-do en un jeep y dejaron los camiones como a 2 horas de ahí. Pasamos todas las puertas de vi-gilancia, pero como llovía mucho nadie nos moles-tó. Corrimos 2 horas bajo la lluvia hasta llegar don-de estaban los camiones. Eran 3 camiones de la Cruz Roja francesa, los habían dejado en un granero.  Esa  noche  entramos  en  el  granero  y esperamos ahí. Al siguiente día paró un jeep americano y nos preguntaron de dónde veníamos; les explicamos, se acercaron y dijeron, “bueno que suban dos con nosotros, primero vamos al hospital.” Subimos mi amiga Milka y yo. Nos llevaron a un hospital lleno de alemanes heridos. Le pedimos a las monjas, aspirina, algún remedio desin-fectante para las heridas. La monja dijo, “Esto es todo. Es para los alemanes heridos.” Pero un enfermero judío de ascendencia griega, sin pedir permiso, tomó medicina y desinfectante de la enfermera para nosotras y dijo, “ahora no se me van hasta que vuelva”. Volvió un camión con 10 ame-ricanos lleno de comida. Fue fiel a su palabra, nos trajo de todo, jabones, dulces, leche, cereales, de todo. Después de 3 días, nos llevaron a la ciudad de Bamberg que ya estaba bajo los franceses y americanos.

     El 10 de mayo de 1945, me di el lujo de llorar. Me salió un llanto desde mis entrañas, un grito que venía desde mis vísceras que me había callado por mucho tiempo. Después de un mes entré a hablar con los rusos a preguntar qué nos iba a pasar. Esa vez me pesaron, pesaba 29 kg. Tenía 23 años en el año 45. Ahí la pasamos bien. En una ocasión, vinieron unos americanos y nos invitaron a una fiesta a bailar y fuimos con ellos. En otra oca-sión, vinieron otros americanos judíos a invitarnos al templo a un servicio del sábado en la mañana. Estu-vimos como 3 meses esperando hasta que habla-mos y vinieron en varios jeeps y nos llevaron a Múnich. Ahí nos alojaron en un campo americano militar y nos consiguieron ropa. Pedimos volver a casa y nos llevaron a la central de refugiados a cada una a buscar y ver si reconocíamos a algún pariente o amigo de la familia. Reconocimos a una amiga, Vilma. Ella se encontró con su hermano que pensa-mos había muerto. Fuimos a la central griega. Gre-cia estaba en guerra civil. Sin preguntar si quería-mos volver, el capitán griego le dijo al capitán ameri-cano que primero había muchos voluntarios griegos que tenían que volver a casa porque tenían hijos. El le contestó, “Los voluntarios van a tener que esperar porque ellos quisieron ir a Alemania. Estos se casa-ron con chicas alemanas, las cuales fueron obliga-das (no voluntarias). Ellas si pueden irse.”

    Finalmente llegó el día de mi Liberación: el 25 de agosto del ‘45. Los voluntarios esperaron y no-sotras regresamos. Volé por primera vez en avión. Nos mandaron en uno militar y en Atenas nos hos-pedaron en un colegio. Yo tenía una hermana en Atenas, pero me quedé con mis amigas Rashell y Milka porque no nos queríamos separar, por lo menos hasta saber a dónde íbamos a ir. Mi amiga Milka se fue con una pri-ma que vivía a las afueras de Atenas. Después vino un primo de Egipto que tenía buena posición económica y se la llevó con él. Rashell se fue con un tío a Buenos Aires. Las 3 hicimos una promesa, especialmente con Milka, que si estábamos vivas en 50 años, haríamos una reunión en Grecia. (Cuando llegó el día, nos unimos en Atenas y la pasamos muy bien las 3 con nuestras familias: esposos, hijos y nietos).

 Mis hermanos casados habían escapado y esta-ban en Tel Aviv. En un artículo de un diario griego, salieron los nombres de los sobrevivientes cuando aún estábamos en el campo de concentración. Les llegó la noticia a mis hermanos hasta Tel Aviv.

     Al día siguiente de haber llegado a Atenas, tuve la alegría de ver a uno de mis hermanos. Ese mismo día (26/Ago/45), me fui con mis ellos a Tel Aviv. Des-pués de la guerra volví a Milán con mi hermano (donde conocí a mi marido y nos casamos). Luego fuimos a vivir a Atenas. Recuperamos algo, lo vendi-mos y regresamos a Milán. Mi hermano y mi marido encontraron trabajo con los proveedores del negocio de mi padre.

     Mi marido era de Damasco y había emigrado a Italia. Después de un tiempo, fuimos a vivir a Man-chester por 9 años. Ahí nacieron nuestras dos hijas Linda y Marina. Luego mi marido fue a visitar a su madre que ya vivía en Argentina y me dijo, “Si quie-res vivir en Argentina te va a gustar. Está más linda qué Manchester.” Llegamos a la Argentina en el año 1959. Mi hija Linda tenía 7 años y Marina tenía 4.

     Después de la guerra me encontré con unos italianos de Sicilia, no judíos, que habían estado en Rusia. Me dijeron que habían conocido a tres her-manos griegos judíos que hablaban italiano y que cuándo entraron los americanos mataron a todos los sobrevivientes con una ametralladora en ese campo. Nunca más supe del resto de mis hermanos. Visité Alemania. Otra vez recorrí todos los campos que pude. Leí las listas tratando de encontrarlos, pero sus nombres no aparecían en las listas. Buscaba en las noticias, pero jamás escuché de ellos. En el convoy donde iba, éramos como 1200 y solo volvimos 27 personas.

     Mi mensaje al mundo es un mensaje de paz, que haya paz en Israel y en el mundo entero. Que ninguna generación vea lo que yo vi. Que la gente pueda morir dignamente y esté tranquila en su lecho de muerte y en paz.


Marilú Vinocur realizó la transcripción y resumen.