Editorial


Las condiciones espirituales que guarda la humanidad son terribles y deprimentes; aun cuando las voces de los optimistas que todo ven color de rosa, elogien y auguren mejores tiempos.

     La impiedad y maldad de los hombres ha llegado a límites ya insoportables que nos recuerdan la época de Noé: “Y vio Yahwéh que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). La violencia criminal ha rebasado todos los límites, por señalar un dato, en los dos años y medio del actual gobierno en nuestro país se han cometido 87,271 asesinatos, el noventa y nueve por ciento impunes.

      Secuestros, asaltos, robos, despojos, extorsiones, violaciones de mujeres y niños, son el rostro de la maldad de una sociedad que le ha dado la espalda a D-os, sociedad que es parte de la aldea global, en la que las cosas no están mejor que en México. En días pasados hombres y mujeres, miles de ellos, marcharon por las calles de ciudades importantes alrededor del mundo exhibiendo sus perversiones, incluso Tel-Aviv, exigiendo que sus pecados sean tomados como derechos y ostentándolos como “orgullo”, actitud cínica que recuerda la respuesta divina a semejantes conductas: “La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! Porque amontonaron mal para sí” (Isaías 3:9).

     Por dos milenios aun los gobiernos tomaron los valores judeocristianos para cimentar el marco jurídico de sus países, dejando en claro que es bueno y justo y qué es malo y antijurídico. Hoy las cosas comienzan a ser distintas, pues como escribiera alguna vez Charles Colson “Hubo un tiempo en que tolerancia quería decir que podíamos utilizar nuestra razón para debatir abiertamente y discernir entre lo bueno y lo malo. Hoy la palabra tolerancia se utiliza para llamar a lo bueno malo y a lo malo bueno”.

     De continuar así las cosas no sería extraño observar al rato manifestaciones de ladrones, o de estafadores, por decir algo, que salieran unidos a las calles a pedir la aceptación de sus conductas e inclinaciones como si se tratase de derechos, de exigir legitimación de lo que jamás podrá ser legítimo.

    Es tal la depravación social en grandes grupos de población que a lo malo le dicen bueno y a la inversa. Al que trabaja para sostener a un país se le acosa y ofende (como es el caso de México) por tener aspiraciones y pretender vivir mejor, mientras al que no trabaja y no se esfuerza, se le regala dinero público. Se ataca el deseo de producir riqueza mediante el trabajo lícito, condenando de paso a la pobreza el futuro del país.

    A las mascotas se les protege sin medida y a las personas se les deja en el desamparo legal y social. En Jalisco (México), se creó una ley para condenar a los que produzcan estrés a las gallinas y pollos, mientras que las personas son asesinadas, robadas, secuestradas, extorsionadas y abusadas, en una y mil formas que a la maldad humana se le ocurra, y no hay quien les proteja ni condene a los que les producen tanto estrés en el que viven a diario.

     A todas estas cosas se refirió nuestro amado Mesías Yeshua cuando describió los días previos a su glorioso retorno: “Porque se levantará nación contra nación… y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores… y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre… y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mat 24:7-13).

SHALOM.