MUJERES JUDÍAS
UNA CARRERA PARA VIDA O MUERTE

Rebbetzin Celia C. de Hernández


La mera palabra carrera sugiere competencia, y en la Biblia los seguidores de Yeshua se comparan a los participantes de una carrera tan larga, como larga sea nuestra vida, esperando recibir un premio, siendo dicho premio la vida eterna. Habiéndonos sido revelado todo esto mediante el conocimiento glorioso del Mesías Yeshua, en quien se cumplieron las profecías anunciadas por patriarcas y profetas, premio eterno para aquellos que han corrido y caminado en fe y obediencia, anhelando esa recompensa ofrecida por Dios.

     Carrera que el Señor se encarga de enseñarnos a través de su Espíritu y su Palabra cuando nos rendimos a Él en humildad, como escribió el rey David: “Bueno y recto es Adonai; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino… y enseñará a los mansos su carrera” (Sal 25:8-9).

 

ALGUNOS HAN CORROMPIDO LA CARRERA

 

     Pero la carrera se ha corrompido por algunos que han sustituido la promesa divina por un premio meramente carnal. Siendo la competencia por naturaleza feroz, ya que el pecado y el mundo acechan a los competidores para hacerles caer, algunos de los que se dicen creyentes han perdido la brújula que la Biblia nos marca, compitiendo unos contra otros, no por el premio que nos ofrece el Mesías, sino buscando el éxito mundano de la prosperidad, el aplauso y el honor, el ser reconocidos.

     Queridas amigas, la Escritura nos advierte acerca de esta nociva actitud, de este pecado originado en los corazones que no saben de amor ni de disciplina, que gustan salirse a diario con la suya, exhortándonos a hacerlo con legitimidad: “Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente” (2 Tim 2:5)

 

CORREN EN SU NOMBRE, PERO NO PARA SU GLORIA

 

     El Mesías para ellos es el que les auspició la carrera, puesto que todos los participantes declaran estar corriendo en su Nombre, sirviendo en su Nombre, amando en su Nombre, y glorificando su Nombre, capaces incluso de echar demonios, de reprender, de condenar, pero también de poner tropiezo a los hijos de su pueblo que están compitiendo ordenadamente, creyendo que van por otro carril, cuando los que van por otro carril son precisamente ellos.

     El profeta Jeremías nos habla de su época y nos dice que muchos corrían la carrera ordenada por Dios, pero por sus propios caminos: “Escuché y oí; no hablan rectamente, no hay hombre que se arrepienta de su mal, diciendo: ¿Qué he hecho? Cada cual se volvió a su propia carrera, como caballo que arremete con ímpetu a la batalla” (8:6). Así sucede todavía con aquellos que corren bajo sus propias reglas y no bajo las establecidas por Dios.

     Correr la carrera de la fe es comparar también la vida con un peregrinaje que nos hace dependientes totalmente del Señor. Peregrinaje (o carrera) que como leemos en la Biblia hacía pasar a los antiguos por caminos muy dolorosos como la persecución, la pobreza, los juicios, la pérdida de sus bienes, la incomodidad y en ocasiones el martirio. Entre los que se desvían de la carrera hay algunos que son tan pobres que creen tener dinero sin tenerlo y un hambre de poder o significación que les muestra hambrientos de las cosas terrenales.

 

LOS PREMIOS DE OS COMPETIDORES

 

MEDALLA DE ORO PARA EL PRIMERO, MEDALLA DE HONOR PARA EL ÚLTIMO   Algunos de los competidores de la época bíblica expresaron su fe en medio de la adversidad: “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno” (Hebreos 11:37-38).

     En la época del imperio romano muchos judíos mesiánicos y algunos cristianos fueron quemados y puestos como antorchas para iluminar la ciudad. En el siglo pasado cuando menos 200 mil judíos creyentes en Yeshua (como muchos otros de sus hermanos que realmente amaban y creían en Dios) fueron llevados a los campos de exterminio por los nazis y obligados como esclavos a trabajar hasta la muerte ¿Por qué pasaron por tantas aflicciones y sufrimientos? ¿Por qué no dejaron de correr esta carrera tan dolorosa y terrible? Sencillamente porque tenían fe en Dios y en el Mesías enviado por Él, el premio valía todo lo que costaba, ellos no deseaban otra cosa que proseguir a la meta de Aquel que los había llamado, ya que era y sigue siendo un llamamiento supremo: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago, olvidando… lo que queda atrás… prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en el Mesías Yeshua” (Fil 3:13-14)

 

SU AMOR A DIOS ERA VERDADERO Y FIRME

 

     Ellos consideraban las cosas de este mundo como nada, no amaban sus propias vidas, amaban a Aquél que les había creado y había ido a la cruz por ellos para salvarles, que había sido abandonado por el Padre durante el momento en que nos restauró a los hombres caídos a la comunión con Dios y darnos acceso el reino eterno. Había sufrido, pero por eso les entendía, ese era su amado Mesías.

    ¿A poco sus vidas no nos inspiran y ponen ejemplo mis queridas amigas y hermanas? Eran extranjeros y peregrinos en este mundo, corrieron la carrera de la fe con la fuerza del amor a un Dios santo, a un Dios puro, era tal su anhelo de correr y llegar a aquella ciudad cuyo arquitecto es Dios, que no deseaban ningún premio de los que el mundo ofrece.

     El creyente que ha dejado de competir por ganar premios y significaciones de los hombres, sus motivaciones son ya otras, piensa en las almas, en la salvación de su prójimo y se pregunta ¿cuántas almas gané para el Señor? ¿cuántos son en mi congregación? ¿Cuántos son verdaderamente nacidos de nuevo, nacidos de lo alto, del agua y del espíritu? Pues la Escritura nos dice “No todo el  que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat 7:21).

 

CORRER PONIENDO TROPIEZO A OTROS CORREDORES

 

     Correr esta carrera pensando que van a la Patria celestial poniendo tropiezo y aun derribando a los que van corriendo junto con nosotros, es la característica de alguien que busca galardones y trofeos en esta tierra. Un error tan peligroso que puede resultar mortal. Correr la carrera de la vida sin tomarnos de la mano de Dios, pensando que estamos verdaderamente asidos de ella y sin respetar las reglas divinas para la carrera es una locura. La verdad es que si no dependemos de su Espíritu y obedecemos su Palabra, jamás llegaríamos a la meta ni alcanzaríamos las cosas que tienen un valor eterno.

 

     En una ocasión escuché a un predicador que exclamó “yo nunca sabía lo que era la felicidad hasta que dejé de luchar para ser santo”, pues, aunque sin santidad nadie verá al Señor, como nos dice la Palabra (Hebreos 12:14), esa no la producimos nosotros mismos, es un don de Dios para aquellos que buscan agradarle y le rinden su vida. Así como lo hizo Juan el bautista, quien exclamó respecto a Yeshua: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue” (Juan 3:30).

 

HAY QUE MENGUAR EL YO

 

     ¿Ha menguado tu yo para que el Mesías crezca en ti? Si nosotras corremos desenfrenadamente buscando galardones, ambiciones y premios en esta tierra, pero sin hacer la voluntad de Dios, nunca llegaríamos a la meta, ni descubriríamos la verdadera paz y el verdadero gozo. Pero si corremos la carrera puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe y si seguimos las reglas de esa carrera como están en la Biblia, podremos decir como el rabino Shaul al acercarse sus días finales: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de la justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim 4:7-8). Un abrazo en Yeshua mis queridas hermanas y amigas.


 

La rebbetzin Celia C. de Hernández es consejera espiritual de la AJMM.

Email: celiacornejo19500@gmail.com