TESTIMONIO DE
LEONIE YAEL GABRIEL
Una sobreviviente del Holocausto


El 30 de abril de 1941, los alemanes invaden a Grecia y estalla la guerra. Empezaron los problemas, había que usar el uniforme fascista y aunque los alemanes se tardaron en llegar a Atenas, ya casi toda Europa estaba bajo la ocupación alemana.

Como habían mandado a los italianos a ocuparla, Grecia se resistió. Este fue un país que se resistió mucho, más que cualquier otro país europeo. La pequeña Grecia que existía en aquel tiempo era de solo 7 a 8 millones de habitantes. Aun así, los alemanes entraron por el norte, por Tesalónica, donde había 60,000 judíos. En Atenas había como 3,000 judíos en aquel entonces, no había muchos. Algunos se escondieron, mis hermanos mayores encontraron la manera de escaparse en un barco vía Turquía debido a que ya estaban casados, con hijos, por lo que se les dio prioridad a mi hermana y mi hermano.

     No fue nada fácil. Para entonces mis papás ya se habían escondido en un barrio nuevo a las afueras de Atenas. Yo también me escondí. Mentí sobre mi edad y mi nombre. Hice un curso intensivo en la Cruz Roja y ellos sabían que era judía y me permitieron quedarme a trabajar ahí. Trabajé mucho tiempo atendiendo a los heridos, una semana de día, otra semana de noche. Cuando llegaban los convoyes con los soldados heridos, no tenía una rutina normal de enfermera; era una guerra.

     Cuando llegó el invierno, los alemanes que tenían sus oficinas en las afueras de Atenas cerca de una iglesia pequeña decidieron que deberían tener un árbol de navidad para los chicos. Los árboles que había en el jardín eran naranjos, mandarinas; no existían los pinos. Me pidieron que acompañara a la esposa del médico de la cruz roja a pedir un pino. Aunque accedieron, dijeron que hasta después del año nuevo, porque lo necesitaban para la navidad. Y al estar ahí presente, alcancé a ver que en la cantina de ellos, tenían pan, huevos, y tocino. Estaba lleno de comida y nosotros no teníamos nada de eso. Se habían robado muchas cosas de los griegos. Nos dijeron: “Como somos muy humanitarios, les vamos a mandar una caja de galletitas.”

     Un día mi padre me manda avisar que tenía que acudir a la academia francesa para cierta fecha para salir a Egipto en un barco vía Turquía, y que mis hermanos también bajarían porque de ahí nos iba a buscar un camión, y así fue. Yo ya había visitado a mis padres dos veces y mi padre me llevó donde estaba el lugar telefónico. En este lugar, se juntaba la gente discapacitada y pasaron como 6 a 8 meses. Finalmente llegó el día; me avisaron que pasara a la academia francesa donde me encontré con mis padres y mis tres hermanos solteros que se habían escondido en las montañas.

 Mi padre tuvo que conseguir monedas de oro para pagar por cada uno al barco para poder escapar, así como lo hizo con cada uno de mis hermanos mayores casados, con hijos. Entramos en un camión, aún era de día. Durante la ruta, pararon en una casa no muy lejos de ahí. Nos bajaron y nos pusieron las manos contra la pared. Quitaron todo lo que teníamos, nuestras ropas, joyas y todo lo de valor que podían palpar en nuestros cuerpos. Nos detuvieron y de ahí nos mandaron a la cárcel de Atenas en un sótano donde pasamos dos noches. Primero nos llevaron a ver al jefe de los nazis. En ese sótano vi una escena muy bella; vi a mi  padre agradeciéndole a mi madre por los hijos que le había dado y por los buenos años que habían pasado juntos.

     De ahí nos llevaron cerca de donde yo había estado escondida y ahí estuvimos hasta que pudieron formar un convoy con bastante gente para mandarnos a Auschwitz. En esta cárcel estuvimos como tres o cuatro días. Nos llamaban de dos a cuatro veces por día para ser interrogados. No nos golpeaban, por la razón que ya estábamos todos presos. Ya no quedaba nadie escondido. De ahí nos llevaron a las afueras de Atenas a una cárcel de dos pisos. Esta cárcel era dirigida por alemanes y nos separaron los hombres de las mujeres. Las mujeres en el subsuelo y los hombres en el piso de arriba. Este fue solo un lugar de transición para mandarnos en trenes a Auschwitz. En esa cárcel, hice algunas amistades, hice una amiga que se llama Milka y otra Rashell que ahora vive en Houston, Texas. Pasamos todo el tiempo en el campo de concentración juntas y fuimos liberadas juntas.

     En esta cárcel me enfermé, con mucha fiebre y solo me dieron una aspirina. Había muchas chicas jóvenes entre 15 y 25 años de edad, todas presas. En una ocasión, llamaron como a 100 chicas y 100 hombres o más, todos por sus nombres. Los pusieron de rodillas y luego los llevaron en camiones. En la tarde, regresaron los camiones solo con los zapatos y las ropas ensangrentadas (que algunas de las chicas tuvieron que lavar). Los habían matado a todos y puestos en una fosa común. Se vació la cárcel en cuestión de horas. Lloramos todos como locos.

     Esto sucedió el primero de mayo y nos tuvieron ahí hasta el 10 de junio cuando nos llevaron a Auschwitz. El viaje a Auschwitz duró como 10 días con puro pan y agua. En este viaje murió un hombre ya de edad y lo mandaron al vagón de atrás donde mandaban a los muertos. Se le hizo la oración del Kaddish. En los vagones del tren íbamos todos sentados en el piso con paja. Había solo dos ventanitas. Mi hermano se había tratado de escapar por una de ellas, pero no lo logró y le pedimos que no lo volviera a hacer, ya que estábamos todos contados. Si al llegar faltaba uno, nos matarían a todos. Llegamos de noche.

     Aunque no nos decían a dónde íbamos, en el fondo sabíamos. Había una señora judía alemana con su nuera y una nieta con nosotros en la cárcel que apenas hablaba griego. Su hijo sobrevivió, pero ella nunca lo supo. Él era director de teatro. Esta señora trató de suicidarse una noche, pero la salvaron a tiempo. Después de unos días, encontró una navaja de afeitar; se cortó y esta vez lo logró, se mató. Dejó una carta para la nuera donde decía que ella sabía lo que iba a pasar. No sabía el nombre del lugar. Había cámaras [de gas] y que por eso había decidido terminar con su vida.

     Al llegar a Auschwitz nos recibieron los hombres que trabajaban en los crematorios. En el campo de concentración de Birkenau, nos raparon y nos tatuaron. Mi número fue el A8320. Esa misma noche pasamos por varias selecciones. En este punto, fue la primera selección donde pusieron a los viejos junto con los niños a un lado y a los jóvenes del otro lado. Nos decían “no vayan con sus padres, dejen que ellos vayan solos, ustedes tienen que trabajar para mantenerlos,” y con esa mentira nos separaron. Nos despedimos con un beso.

 

     Después de esta selección, quedamos como la mitad o menos. El día siguiente, otra vez éramos menos. Cada día que pasaba éramos menos. Al día siguiente mientras caminábamos hacia los crematorios, vi a mis hermanos caminando también en fila por el otro lado. Mi hermano Sam me dijo, “Leonie, Leonie,” y yo le pregunté ¿y papi y mami? Él me hizo un gesto, como diciéndome “están muertos.” Yo me puse a llorar. Yo adoraba a mi hermano Sam y como hablábamos mucho italiano entre nosotros, mi hermano me mira y me da una orden, “no llores.” (No lloré hasta el 10 de mayo de 1945, y creo que esto fue lo que me salvó.)

     Aquí vi un bloque de madera y pregunté ¿para qué es esto? Me contestaron,“¡Acá tiramos a los niños vivos!” Me pareció algo tan brutal el quemar a niños vivos. Después me enteré que usaron muchos niños en los hospitales para hacer investigaciones pseudo científicas. A la mañana siguiente nos pusieron en fila otra vez, como a las 3 o 4 de la madrugada. Había ahí unas chicas polacas que hablaban francés y les pregunté por nuestros padres. Ellas me contestaron, “crematorio.”

     En Birkenau nos metieron en un tren y nos llevaron a Bergen-Belsen porque se acercaban los rusos. Este campo aún no estaba terminado para recibir tanta gente y levantaron una carpa como de circo. Todos entramos en esa carpa que tenía paja en el piso. Aquí trabajábamos muy duro y no podíamos faltar porque el castigo era muy severo. Si no había muerte, nos azotaban con el cinturón de cuero y con la hebilla que nos dejaba marcadas. Cortábamos árboles, transportábamos piedras, era un trabajo muy forzado…. (FIN de la Primera Parte) CONTINUARÁ…

 


Testimonio tomado de “SURVIVORS OF THE SHOAH” VISUAL HISTORY FUNDATION.  Con la autorización para publicarlo de Karine Miriam Romano Yael-Jaievsky, sobrina de Leonie Yael Gabriel. La entrevista fue realizada en 6 videos y Marilú Vinocur realizó el excelente trabajo de transcripción y resumen de la entrevista para nuestra revista Chalutzim, agradeciéndole todo el tiempo invertido en esta gran labor.

Este increíble y conmovedor testimonio es narrado por la misma Leonie Yael Gabriel, sobreviviente del holocausto. De origen griego, creció en Milán, Italia, hasta la edad de 12 años, luego regresó a vivir a Atenas. Ella estuvo prisionera en el campo de concentración de Auschwitz y llevó el número A8320 estampado en su cuerpo. Estas fueron sus propias palabras:


La entrevista original fue realizada en 6 videos. Marilú Vinocur realizó el trabajo de transcripción y resumen para nuestra revista Chalutzim.