MEDITANDO EN LA SINAGOGA
HEMOS SIDO ESPECTÁCULO PARA EL MUNDO

Rabino Manuel Hernández G.


La fe judía, no la de las tradiciones y del criterio popular, sino la emanada y sustentada en la Biblia, nos ofrece una galería casi interminable de hombres y mujeres que creyendo y confiando en D-os caminaron por el sendero angosto y seguro de la fe. Un sendero no conocido por el mundo, al contrario, desconocido y criticado a causa de su incomprensión.

    Si tomamos en cuenta que para la mayoría de las personas en el mundo (incluyendo obviamente a nuestro pueblo) las acciones deben acompañarse con la seguridad y la comprensión, es obvio que las decisiones de fe, además de no ser comprendidas, carecen de sentido.

     ¿Cómo podrán entender el llamado del patriarca Abram (cuyo nombre D-os cambiaría después por Abraham), si para responder al llamado divino tiene que tomar una serie de decisiones por demás trascendentes y difíciles, como dejar a sus parientes, la tierra que le vio nacer, amigos, seguridad económica, posición social, etcétera, y por fe, creyéndole a D-os que a través de su linaje formaría un pueblo especial, agregando a su radical decisión el hecho de que su mujer además de ya estar vieja y estéril, ni siquiera sabía cuál era la tierra que Yahwéh le concedería en dación perpetua. Al viejo patriarca la correspondía responder al llamado, dejar todo atrás, y caminar hacia un nuevo destino decidido por D-os, fuera o no comprendido por la sociedad.

     Téngalo por seguro que no fue nada fácil y también téngalo usted por seguro que por haber tomado todas esas decisiones (producto de la fe), Abram se convirtió en objeto de las más severas críticas familiares y sociales. En un espectáculo negativo a causa de la incomprensión pues la fe por lo general choca o colisiona con el materialismo y la incredulidad.

     Recordemos otros casos. Cuando Moisés es llamado por D-os para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, sabemos que una y otra vez el Faraón endurece su corazón sin permitir la salida de los hebreos, y aunque Adonai ya le había advertido a Moisés de esta situación, podemos entender que el futuro libertador se convierte en espectáculo para el Faraón y su corte (incluso para los hijos de las 12 tribus). Tuvo D-os que enviar diez plagas para que, en la última, con la muerte de los primogénitos egipcios, nuestra gente saliera por fin en medio de grandes señales y milagros de aquella sociedad abusiva e impía que les oprimía.

Noemí, es otro ejemplo. A causa de una hambruna sale de Belén con su esposo Elimelec y sus dos hijos de Eretz Israel, migran al vecino país de Moab, donde sus hijos contraen matrimonio con las gentiles Rut y Orfa. En el exilio, Noemí enviuda y a esta pérdida luego le agrega el fallecimiento de sus dos hijos, por lo que dolida, derrotada y luego de una década buscando una vida mejor, retorna a Israel acompañada de su nuera, la goy Rut.

     Conociendo a sus parientes, vecinos y amigos, Noemí sabe que en su retorno se ha convertido en espectáculo, por lo que les expresa: “No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara, porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. Yo me fui llena, pero Yahwéh me ha vuelto con las manos vacías” (Rut 1:20-21).

     Ciertamente en su infortunio se había convertido en espectáculo, sin embargo, D-os tenía un plan maravilloso en el que a través de su fervorosa nuera Rut, aquella extranjera que creyó y le rindió su corazón al D-os de Israel, y quien por medio de su matrimonio con su pariente Boaz, dos generaciones después vendría el rey David y luego de un milenio el Mesías.

David es otro caso, siendo un humilde pastor de Belén de Judá (y como consecuencia del fracaso espiritual de Saúl), el Señor envía al profeta Sh’muel para que le unja como rey de Israel. Sin embargo, en lugar de reinar, el joven David a pesar de vencer y matar al gigante Goliat, de derrotar a los filisteos una y otra vez, no solo de convierte en un fugitivo –perseguido por el rey Saúl- sino en un espectáculo a la vista de todo el pueblo. Años de sufrimiento, persecución, críticas, dolor, incomprensión y defensa a diario su vida (y de los que le seguían) no parecían tener relación alguna con el día que Sh’muel le unge por rey de Israel.

Ni qué decir de los neviìm (profetas), hombres escogidos por D-os para señalar al pueblo judío (y por consecuencia siglos despuès al cristiano) sus desviaciones y pecados, cuyas vidas de santidad reprendían la impiedad e incredulidad de los reyes y de la mayoría del pueblo. Prácticamente todos fueron perseguidos y no pocos asesinados. La Biblia nos relata sus muchos sufrimientos a causa de su amor para D-os a quien servían con integridad y absoluto compromiso, convirtiéndose en escarnio y espectáculo para unos y otros.

Pero sobre todo, el mayor espectáculo a los ojos del pueblo judío (y de todos los pueblos de la Tierra de todos los tiempos), lo padeció el Mesías Yeshua. De acuerdo a la tradición, y de sus propias opiniones, nuestro pueblo esperaba al Mesías Rey –que les liberara de los romanos- pasando por alto que a causa del pecado necesitábamos antes que el Mesías nos redimiera, nos reconciliara con D-os el Padre como lo anunciaron precisamente los neviím.

Muchos en Israel, a pesar de haber visto los grandes milagros que hizo y gozarse con su enseñanza y prédica vigorosa, en su detención, proceso y muerte en la cruz le rechazaron. Aferrados a su propia concepción de judaísmo –no a lo que anunciaba el Tanaj- en su falta de fe y conocimiento de las Escrituras, le convirtieron en un espectáculo infamante. Pasaron por alto que de acuerdo a la profecía (Isaías 53:3-10,  Daniel 9:26), justo con su muerte expiatoria, además de estar demostrando ser el esperado Mesías, estaba redimiendo al hombre caído y pecador y con ello, triunfando sobre el mal y las huestes de las tinieblas.

     Las burlas de los demás, los insultos de la plebe y de la soldadesca, así como la absurda e injusta resolución de la autoridad romana contra aquel inocente, convirtieron al hijo de David (YESHUA), al heredero legítimo de su trono, en objeto del escarnio y el menosprecio de casi todos al no entender ni discernir espiritualmente lo que estaba sucediendo.

     Así que no podemos desentendernos, nadie, de esta situación, pues todos los creyentes en alguna etapa de nuestra vida y a causa de la fe nos convertimos en espectáculo ante los que nos rodean, incluso ante la sociedad.

     Nadie, ningún creyente, judío o cristiano, debe sorprenderse de que a causa de su fe y en algún momento de su vida,de pronto se convierta en espectáculo, en comidilla de los demás. Así ha sido siempre, y siempre será. No debemos perder de vista que la fe que obedece reprende las comodidades e inamovilidad de la incredulidad.

Creer y creerle a D-os conlleva siempre tomar decisiones, algunas de ellas como ya vimos al principio, resultan radicales a los ojos de los demás. El incrédulo jamás entenderá lo que el Señor espera de sus hijos, de aquellos que entre su pueblo son capaces no solo de dar el primer paso al frente en Su nombre, sino de marchar en obediencia a su Palabra (Biblia), haciéndose participes del establecimiento de su reino en los corazones, lo cual es un anticipo del esperado reino del Mesías (al final de los tiempos como lo profetizan las Escrituras).

Concluimos nuestro comentario con la epístola de rabShaul a los judíos mesiánicos del primer siglo, en el que como se aprecia, el pueblo fiel al Señor siempre ha sido incomprendido y siempre ha tenido que caminar a contracorriente: “Traed a la memoria los días pasados, en los cuáles, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos;por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hecho espectáculo, y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante”(Heb 10:32-33). FELIZ AÑO 2020, SHALOM.


 

El rabino Manuel Hernández G. es consejero espiritual de la AJMM

Email:  mahergo1950@gmail.com